viernes, 15 de enero de 2010

De Franz Jozef a Fox

Ayer tuvimos el día libre en Franz Jozef y Vanessa hizo una excursión de medio día al glaciar. Yo me fui a caminar con Ella y Jeremy, un amigo ciclista con quien nos hemos encontrado varias veces en la carretera, hasta el pie del glaciar. Es un paseo agradable y, además, tuvimos suerte con el tiempo. A Ella le encantó, porque no paró de encontrarse piedras para tirar al agua. Es una lástima que el lugar se haya convertido en el mayor reclamo turístico de la costa occidental neozelandesa. La localidad de Franz Jozef está repleta de hoteles para turistas y ha perdido su carácter kiwi. Aún así, lo pasamos muy bien.

Habíamos pensado salir temprano, porque hay tres tramos duros de subida antes de llegar a Fox, pero Ella lo estaba pasando tan bien que no partimos hasta las 10.30 de la mañana. Para entonces, hacía bastante calor, pero ¿nos vamos a quejar a estas alturas? De los 25 km de distancia que nos separan de Fox, hay 12 que son de subida y resultaron muy duros. A decir verdad, para mí ha sido el tramo más duro desde que llegamos a Nueva Zelanda. La primera parte es complicada, con rampas empinadas, pero cuando la carretera se suavizó, yo estaba que ya no podía más. Vanessa escalaba como una cabra montesa y yo decidí no seguirla, porque me hubiera destrozado. La segunda subida está muy pegada a la primera, sin apenas tiempo de descanso. El paisaje es increíble: estamos hablando de alta montaña con picos nevados y valles verdes. En la segunda subida, sufrí un terrible desfallecimiento. Al principio, traté de salir del valle, pero las piernas no me respondieron. El carrito es demasiado pesado y tuve que parar cada 200 metros para reponerme. Había perdido de vista a Vanessa. Cuando finalmente llegué a la cima, pensé que ya había finalizado mi sufrimiento. La subida había terminado, así que comencé a reír a carcajadas al encarar la empinada bajada. Las carcajadas se convirtieron de repente en un grito de deseperación cuando vi que la carretera volvía a subir después de cruzar un puente.
No podía creerlo. ¿Cómo podía haber olvidado que no había dos, sino tres subidas? La tercera subida, mucho más empinada que las anteriores, se convirtió en una tarea imposible. Me bajé de la bicicleta y traté de arrastrala hasta la cima, pero era todavía peor que pedalear. Esperé unos quince minutos para recuperarme y lo intenté de nuevo. No recuerdo las veces que tuve que parar antes de comenzar el descenso a Fox, pero cuando llegué al pueblo, apenas podía caminar. Me encontré a Vanessa tomando café, sonriendo, como si la estapa de hoy hubiera sido coser y cantar...

Nos comimos una enorme hambuerguesa y dormimos como unos reyes.

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