martes, 24 de noviembre de 2009

De Whitianga a Hahei

Después de nuestra experiencia de ayer en la 309, pensamos en recorrer otros 30 o 40 km por la costa, pero al llegar a Hahei decidimos quedarnos en la playa durante el resto del día. Desde que llegamos a la península de Coromandel nos resulta difícil no quedarnos en los lugares que visitamos. En Coromandel hubiéramos querido llegar hasta Port Charles, pero esto significa dos semanas más de viaje.

Hemos decidido visitar el país montados en bicicleta, pero en algunas ocasiones nos parece que nos perdemos algo si no paramos. Cuanto más paradas hacemos, más difícil nos resultará llegar al final. Hoy, decidimos que había que relajarse y pasar tiempo en Hahei Beach.

En Whitianga, cruzamos la bahía en ferry. Toda una aventura, ya que las bicicletas y los carritos apenas cabían en la embarcación. Tras ese pequeño saltito, entramos en otro mundo. De las exuberantes montañas del interior pasamos a encontrarnos rodeados de playas increíbles. El cielo azul era perfecto, el calor del sol liberaba un agradable olor a pino, la brisa del océano nos llenaba los pulmones de un aire perfumado y el manglar despedía un fuerte aroma marino… ¡divino!

La ruta a Hahei es relajante y muy sencilla. Apenas encontramos tráfico de camino a la bahía. La carretera se abre paso a través de bosques de pinos y praderas verdes y onduladas. Al fondo, la bahía, con sus manglares que se convierten en tierras pantanosas, son el lugar de encuentro de centenares de vacas desaliñadas. Digo desaliñadas, pero podrían ser perfectamente delgadas por naturaleza. En Europa, estamos acostumbrados a ver unos animales enormes con unas cabezotas gigantescas y patas como tractores, que probablemente se alimentan de puras proteínas procesadas en trituradoras. Tuvimos la sensación de que un halcón nos siguió durante varios kilómetros y, de repente, a unos 100 metros de nosotros, vimos algo que parecía una zarigüeya o un conejo tratando de cruzar la carretera, avanzando medio metro y parándose de nuevo. Pensamos que era un conejo al que había atropellado algún coche, pero resultó ser un armiño arrastrando a un conejo que probablemente había cazado y que le estaba resultando complicado llevar a su cocina particular. No parece muy común ver este tipo de escenas durante el día, pero imagino que el armiño debió tener un golpe de suerte que no quiso desaprovechar.

Las playas de Hahei son de una arena blanca pura y el agua del océano es tan clara que tiene ese color verde azulado que hace que te sientas en el paraíso y pienses que eres la primera persona que ha llegado a la zona.

Nos tomamos la tarde libre y pasamos el resto del día en la playa. Los árboles Pohutukawas se descolgaban de unos acantilados impresionantes y nos pareció el lugar perfecto para comer. Y así fue, frente a las islas que se divisan en el horizonte de esta impresionante bahía, hasta que Ella decidió meter su pie lleno de arena dentro de nuestro plato. Ahí terminó nuestra deliciosa comida playera.

Desde Hahei, hay un agradable paseo hasta Cathedral Cove, una playa a la que, desgraciadamente, no pudimos llegar.

Una puesta de sol inolvidable nos hizo sentir tremendamente felices de estar allí.

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