Al ir en bicicleta, no podemos dar nada por sentado. Siempre recordaremos Tairua por la gente tan agradable que tuvimos suerte de encontrarnos y que nos permitieron pasar tres días inolvidables. La gente, el paisaje, las playas, el tiempo perfecto y las sensacionales ciclovías nos hicieron sentir la familia más afortunada del planeta. Salir de Tairua fue, sin duda, una de las decisiones más difíciles que tuvimos que tomar, pero no contar con un camping y el deseo de seguir avanzando fueron los dos factores que nos impulsaron a montarnos en las bicis rumbo a Whangamata. Era difícil sentirnos mejor por todo lo que nos había pasado durante los últimos tres días, pero las condiciones climatológicas nos iban volver a colocar en el mundo real. Todavía no habíamos dejado la ciudad y comenzó a soplar un fortísimo viento de cara. Nos costaba incluso ir cuesta abajo. Por momentos, ¡pedaleábamos a solo 8 km/h cuesta abajo! Los primeros diez kilómetros resultaron durísimos, con fuertes ráfagas de viento que constantemente amenazaban con echarnos de la carretera. Al llegar al cruce donde cogeríamos la carretera principal Vanessa vió una señal que indicaba que todavía faltaban 22 kilómetros hasta Whangamata, cuando nuestro mapa marcaba solo 14. Esto es lo último que nos faltaba después de haber estado peleando contra el viento durante 10 kilómetros. Paramos a descansar, ya que comprobamos que nuestro paso era lentísimo, y además, la carretera comenzaba a empinarse.
Mientras tratábamos de reunir la energía y moral para continuar, una pareja de australianos que habíamos conocido en Whitianga paró a nuestro lado y se unió a nuestro descanso improvisado. Todo lo que necesitamos fueron unas cuantas risas, palabras de ánimo y unas barras energéticas australianas. ¡Un millón de gracias a nuestros amigos australianos! Aunque parezca mentira, a pesar de ser una subida larga y dura, no tuvimos problemas en superarla. En esta parte del país, el paisaje es bastante dramático, con mucho bosque de pinos para la industria maderera. En los lugares en los que se ha producido la explotación forestal, las faldas de la montaña están totalmente desnudas y parece que haya ocurrido un bomardeo. No era algo muy agradable, pero me pareció interesante de algún modo. Tal vez, porque era tan diferente a todo lo que habíamos visto, o porque el impacto de las talas de esta magnitud resulta algo impresionante. Los bosques de pinos no son autóctonos de Nueva Zelanda y muchos ecologistas querrían verlos reemplazados por bosuqes de especies nativas. Estoy de acuerdo, pero debo admitir que los bosques de pinos me parecen muy atractivos. El olor es embriagador y me recuerda al sur de Bélgica. Poblados de pinos majestuosos y yerba en el suelo, este tipo de pinares poseen una tranquilidad y mística muy peculiares.
Después de la subida, nos paramos a comer a la sombra de algunos pinos gigantescos antes de completar los últimos 10 kilómetros. Por primera vez en nuestro viaje, me sentí débil y sin ninguna energía en las piernas. Vanessa pedaleaba con fuerza y Ella cantaba en su carrito, pero a mí me costó muchísimo llegar a Whangamata.
Whangamata no es un mal sitio, pero lo vi a través de los ojos de un ciclista agotado. Tuve que reunir energía para montar la tienda e ir a comprar la cena. No me gustaron ni el camping ni la ciudad. Tras montar la tienda y caminar hasta la ciudad, la situación cambió cuando nos encontramos con una pareja a la que habíamos visto ya varias veces en el Norte, en Mangonui. Nos ofrecieron quedarnos con ellos, así que volvimos al camping a desmontar la tienda. En ese momento ya me encontraba con fuerzas de nuevo y pasamos una gran noche, con una cena deliciosa y una cama de verdad para descansar. Ella pasó una noche de perros.
Estoy seguro de volveremos a encontrarnos con nuestros amigos Daniel, Tina y su hijo Fritz.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario