A las 9.15 de la mañana, nos despedimos de Wangharoa y partimos en dirección a Kerikeri, una ciudad turística con muchas tiendas. Salimos ilusionados, ya que pretendíamos quedarnos unos días en Kerikeri. Comenzábamos a notar la falta de descanso, este era el quinto día consecutivo encima de las bicis y de Ella en el cochecito.
La carretera que sale de Wangharoa no presentaba demasiadas dificultades al principio, pero el viento empezó a soplar y nos daba de cara. Nos habían advertido que después de apartarnos de la ribera del río nos encontraríamos con una pendiente, y allí estaba, esperándonos. Esa maldita cuesta se convirtió en un muro de 2 km de longitud que nos costó una barbaridad superar.
Al coronar, recuperamos toda la energía al contemplar el siguiente valle que se extendía a nuestros pies. La espectacular vista fue toda una recompensa a nuestro esfuerzo. Más tarde, la carretera comenzó a serpentear y se volvió más peligrosa al no tener barreras de seguridad. De repente, notamos un cambio en la conducción: los vehículos nos adelantaban a gran velocidad y se acercaban demasiado. Unos kilómetros más adelante, tras adelantarnos de manera temeraria, un camión nos echó de la carretera y nos arruinó el día. Grité al conductor que se detuviera, porque quería abofetearlo, pero iba a ser una pérdida de energía. Tras consultar el mapa, vimos una carretera secundaria que nos llevaba a Kerikeri y decidimos seguirla. Finalmente llegamos rendidos. Preguntamos a varias personas y encontramos un hostel muy bien situado, llamado the Hone Heke Lodge. Los dueños son una pareja encantadora que nos dieron una muy cordial bienvenida y se preocuparon por todos los detalles. Las instalaciones se encuentran en muy bien estado y el hostel cuenta con un área común donde se puede jugar al billar, al tenis de mesa o simplemente relajarse y charlar con otros viajeros. Si se quiere un poco de diversión, hay que alquilar una de las habitaciones cerca del area común. Si, por otra parte, se necesita descansar, las habitaciones más alejadas son mucho más tranquilas.
Kerikeri es una pequeña ciudad, muy acogedora. Perfecta para nosotros, ya que tiene un gran supermercado donde pudimos comprar los víveres necesarios para las siguientes semanas. Sin embargo, los pañales de bebé no resultan fáciles de encontrar en el "Lejano Norte”.
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