lunes, 2 de noviembre de 2009

de Waitiki Landing a Pukenui

Si miramos la predicción meteorológica de Nueva Zelanda por la televisión cualquier día, nos daremos cuenta de que el hombre del tiempo siempre anuncia chubascos ocasionales.

Mientras desmontábamos la tienda, comenzó a llover con intensidad, así que, aparte de empaparse de agua, la tuvimos que cargar con algún kilo de más. Tampoco resultó fácil arrastrar el carro con todo el equipo a través del lodo del camping o por el camino, e incluso llegué a pensar en lo complicado que podía ser llegar hasta el final. Cargar con todo ese peso durante cinco meses no iba a ser nada fácil, pero no podíamos volver atrás ahora, de modo que continuamos la travesía.

Las primeras subidas no fueron complicadas, pero el viento y la lluvia cobraron protagonismo y de vez en cuando nos tumbaban. El cochecito y el carro por los suelos. El viento soplaba con fuerza del Este y la lluvia se volvió horizontal, pero el paisaje es tan impresionante que hace que se olviden las dificultades para continuar. En algunas partes del “Lejano Norte”, la isla es tan estrecha que pasas entre desfiladeros de enormes dunas a derecha e izquierda. Los estuarios parece que dividen la tierra en dos. Después de unas horas, Ella comenzaba a dar señales de cansancio y hambre, así que decidimos comer junto a una iglesia abandonada. Nos resguardamos del viento en la parte trasera de la nave y dejamos que Ella corriera por el campo.

Nos costó bastante llegar a Pukenui, pero no teníamos otra opción. La zona está despoblada y Pukeni es la primera localidad que aparece en el mapa. Todos los demás lugares resultaron ser una casa solitaria, una escuela en medio de la nada o una comunidad maorí sin servicios o instalaciones. Llegamos agotados a un camping muy acogedor que llevaba Mike, un tipo muy simpático.

Montamos la tienda, nos tomamos un buen café en el único bar del pueblo y charlamos con el dueño de la tienda de licores. Nueva Zelanda debe ostentar el récord mundial de mayor número de gente amigable por metro cuadrado. En todos los sitios a los que llegamos, todo el mundo nos recibió con una exquisita hospitalidad y buen humor.

A continuación, visitamos el puerto en medio de la inmensa bahía, pero poco después nos fuimos a descansar. Al final, resultó ser un buen día, y nos sentimos satisfechos de haber podido llegar de una pieza.

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