jueves, 5 de noviembre de 2009

de Hihi Beach a Wangharoa Bay

Nos ha quedado muy claro que no deberíamos recorrer más de 30 km al día. Tal vez podríamos hacer algo más, pero tenemos varias razones para pensar que no debemos tratar de llegar a 50 km.

Ella no tiene ningún problema con montarse al cochecito por la mañana, a eso de las 9.30 ó 10 h hasta las 12.30 ó la 1 de la tarde, pero no debemos forzarla más. Si paramos mucho rato a comer, tal vez podamos pedalear durante un rato por la tarde, pero no resulta recomendable. Ella puede tolerar unas tres horas de cochecito, pero ese es el límite. Además, a partir de la 1 de la tarde el sol de Nueva Zelanda calienta con tanta intensidad que es una locura exponer a un bebé a ese tipo de radiación.

A base de errores, Vanessa y yo nos hemos dado cuenta de que pedalear con Ella y todo el equipaje adicional que representa viajar con un bebé es durísimo. Vanessa arrastra el cochecito de Ella y yo cargo con el carro de equipaje. Calculo que en total arrastramos unos 80 kg, y en una parte del mundo tan montañosa y con tanto viento, esto representa un tremendo desafío… Realmente me planteo si vamos a poder conseguirlo.

Los primeros días me obsesioné con recorrer el máximo número de kilómetros posible, pero Vanessa me hizo dejar toda esa tontería y tuvimos que reducir el ritmo. Ahora, en lugar de concentrarnos en el mapa y marcar el siguiente destino, encaramos cada día con más calma. De repente, hemos vuelto a disfrutar encima de la bici, aunque todavía temblamos cada vez que nos dirigimos a una pendiente.

Hoy, la carretera a Wangharoa Bay fue bastante llana y no presentó mucha dificultad. El paisaje cambia cada kilómetro: enormes campos sembrados con miles de vacas y ovejas, bosques de pinos, zonas pantanosas, estuarios con maglares que llegan hasta el asfalto, enormes formaciones rocosas… y no se ve ni una sola persona. El lugar está deshabitado. Apenas hay pueblos y únicamente se ven unas pocas granjas, casas y algún que otro coche que pasa de vez en cuando. Si necesitáis pasar una temporada solos, venid a Nueva Zelanda. En poco tiempo estaréis hablando con las ovejas. Así que estábamos pedaleando a velocidad crucero, camino a Wangharoa, cuando a 2,5 km de la ciudad, Ella comenzó a protestar para hacernos saber que ya estaba harta. Tuvimos que parar en medio del manglar sin ninguna sombra. Por suerte, nos quedaba una barrita mágica de muesli y con ese regalo conseguimos meterla de nuevo en el carrito para llegar a nuestro destino. Encontramos un camping desierto, cuyo propietario, Dave, es la persona más encantadora que podáis conocer. Los kiwis que habitan estas remotas regiones parecen poseer unas cualidades de personalidad que se han vuelto poco comunes en muchas partes del mundo. Comparten con los irlandeses un sentido del humor y una hospitalidad realmente envidiables. Con sus comentarios, siempre parece que quieren tomarte el pelo, pero sin ninguna mala intención, y su amabilidad va mucho más allá de la típica entusiasta bienvenida y el chiste fácil. Su generosidad es auténtica, sin ningún interés. Ciudadanos del mundo, no tengáis miedo: el kiwi no se mostrará amigable para que os rasquéis el bolsillo. El kiwi os mostrará su ciudad, os invitará a una cerveza, os ofrecerá las mejores ostras y os contará relatos del pasado. Los pescadores del lugar nos ofrecieron una visita guiada, se tomaron unas cervezas con nosotros e intentaron hacernos creer algunas historias inventadas. Sensacional. Wangharoa tiene dos pubs y un puerto, pero se pueden hacer más amigos aquí que en cualquier otro lugar turístico imaginable.

Al llegar a la tienda, nos comieron unos mosquitos terriblemente agresivos. Pero, ¿a quién le importa? Acabábamos de conocer una parte extraordinaria de Nueva Zelanda…

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