En todas las pesadillas de un ciclista hay ciertos elementos recurrentes: el viento, la lluvia, las carreteras angostas y muy transitadas, los camiones de gran tamaño…
Hoy, en nuestra pesadilla particular se sucedieron enormes camiones que nos desplazaron de la carretera, literalmente, y una lluvia intensa que nos dejó completamente empapados.
Al principio, la llovizna no parecía tener importancia, pero pronto se convirtió en lluvia intensa. Cuando pasamos por Matamata, el cielo se volvió tan amenazador que perdimos toda esperanza de llegar secos a nuestro destino. Nuestro objetivo principal era llegar a Okoroire en el menor tiempo posible. Afortunadamente, las carreteras por esta zona son muy llanas y nos permitieron avanzar bastante, pero más tarde tuvimos que circular por la carretera principal durante unos 15 km y fue horrible. Unos camiones que transportaban madera me lanzaron fuera de la carretera en dos ocasiones y esto es una experiencia aterradora. Algunos camioneros no entienden que cuando adelantan a un ciclista a 100 km/h y a tan poca distancia de este, el enorme volumen del camión produce una corriente de aire que empuja al ciclista fuera de la carretera.
En cuanto pudimos, nos desviamos por carreteras secundarias, pero en ese momento la lluvia caía con intensidad y apenas podíamos ver. Además, nos perdimos y tuvimos que preguntar a un granjero si conocía algún camping. Estaba justo enfrente y no lo habíamos visto. También había un hotel, así que decidimos alquilar una habitación para secarnos la ropa. Había uno de esos pequeños secadores que huelen a pelo quemado después de un rato, pero conseguimos secar la ropa.
El hotel podría haber servido como escenario para algún capítulo de Fawlty Towers, de estilo retro, que sin duda sería muy lujoso en los años setenta, y el dueño (cazador y agricultor) debía tener mil y una historias que contar. Vanessa y yo engullimos dos enormes hamburguesas y nos bebimos unas cuantas cervezas para olvidar la jornada y los peligros del tráfico. A Ella le encantó el hotel. Corría por el bar, el vestíbulo y el restaurante, y se maravillaba ante todos los nuevos objetos que descubría: el bar lleno de botellas, la mesa de billar, las cabezas disecadas de ciervo y jabalí en la pared, los cuadros de paisajes...
A Vanessa no le preocupan demasiado las carreteras, pero a mí sí. Me cuesta mucho hacerme a la idea de pedalear por esas vías sin pensar en los peligros del tráfico. Mañana nos tocan 40 km de autopista y no me apetece nada.
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